jueves, 12 de marzo de 2009

Aquella noche de San Juan - Capítulo 4.- Fin

Sin animarme a contradecirla me levanté y la seguí. Agradecí el aire fresco de la mañana que comenzaba a nacer. Me hubiera quedado con esa sensación hasta que mi cerebro se desentumeciera por completo pero la anciana ya se alejaba hacia la parte de atrás de la casa con pasos rápidos y seguros. Me apuré hasta darle alcance. No tuvimos que caminar mucho cuando al fin llegamos al objetivo que se había fijado la anciana.

—Se llama Río Sol —me dijo señalando el curso de agua— porque según dicen por ahí el que meta los pies en sus aguas en la mañana de San Juan verá bailar el sol. Quédate aquí y presta mucha atención. Quién te dice que hoy el sol baile para ti y sane tus heridas.

Si bien me cuidé de hacérselo notar, comencé a pensar que la amable anciana había pasado los límites de la razón hacía mucho. Estaba en compañía de una asesina incendiaria y no parecía importarle. Le prometí que le haría caso pues estaba tan cansada que ni siquiera tenía fuerzas para discutir. Le di nuevamente las gracias antes de que ella se alejara rápidamente diciendo que aún tenía cosas por hacer. Y con la misma desapareció por donde habíamos venido.

La luna se iba despidiendo de la noche y de aquella parte de mí que yo misma desconocía. Según me dijera la vieja si seguía el río daría con mi coche. El lugar era un hermoso remanso para un espíritu como el mío lleno de dolor y contradicciones. Había matado a dos personas y una de ellas era el amor de mi vida, o por lo menos lo había sido. ¿Cómo era posible que sintiera aquella paz? ¿Qué clase de persona anidaba dentro de mí sin que se manifestara hasta aquella noche? Un monstruo, eso era, pero no sentía ni culpa, ni remordimiento, ni nada. Eso era. No tenía sentimientos, estaba vacía, nada me pesaba, ni la conciencia.

El agua del río me susurraba canciones de cuna. Inexplicablemente me sentía aliviada, como si flotara. Sin pensarlo me descalcé y metí los pies en el agua cristalina y fresca. La claridad era cada vez más fuerte. Entonces me acordé de lo que me había dicho la anciana y busqué el naciente. El sol comenzaba a dorar la cima del monte. Rojo, brillante, como un corazón enamorado emergía ante mis ojos asombrados al ver sus movimientos sensuales… ¡Bailaba, el sol estaba bailando! ¡Era cierto! El sol estaba bailando para mí en la mañana con aroma a claveles, a pinos, y a romero. Entonces yo también bailé con él hasta perder el aliento y quedar agotada, tendida a la vera del río, cara al sol que me enjuga las lágrimas guardadas desde el vientre de mi madre. Una confusión de sentimientos me recorre el alma. Lo primero es hablar con la vieja y contarle que tenía razón: había visto bailar el sol.

Sin pensarlo más cojo los zapatos y echo a correr por el sendero por el que habíamos llegado y por donde había desaparecido la vieja rumbo a su casa. De pronto el camino se corta abruptamente frente a los restos de una antigua capilla. No tiene techo y solo le queda en pie el arco en punta y las paredes laterales. Algo está mal. ¿Dónde está la casa de la vieja? No había manera de que me hubiera perdido pues era el único camino que llevaba al río. “¡Señora, soy yo! ¿Dónde está?”, grito con todas las fuerzas de mi desconcierto. ¿Habrá ido a denunciarme ante las autoridades? Mejor, así todo se termina de una buena vez, pienso casi con alivio. ¡Señora, soy yo!, volví a gritar una y otra vez. Pero nada, el silencio era total. Allí no había ni casa ni vieja. Cansada y maltrecha decidí volver al coche; conduciría hasta mi casa, me daría una buena ducha y me vestiría adecuadamente para esperar a los guardias que vendrían a detenerme. Aunque pensándolo bien, antes necesitaba ver, comprobar ya de día el desastre que había hecho por la noche. Volver al lugar del crimen como se suele decir.

A la izquierda un sendero que me parecía reconocer me invitaba a seguirlo. Estaba tranquila, extrañamente tranquila, teniendo en cuenta que era una asesina. No tuve que andar mucho cuando antes mis ojos apareció lo impensable. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Blanca, majestuosa, brillante bajo el sol, impecable... entera. Era la casa de la pintora, la misma a la que había prendido fuego en medio de la noche, la misma que había visto arder con los amantes dentro.

Mi asombro no tiene límites. ¿Qué estaba pasando conmigo? Algo de todo aquel delirio tenía que encajar en la realidad. Y encajaba, vaya si encajaba. El coche rojo del infiel seguía aparcado en el mismo lugar que lo viera por la noche. Tenía ganas de reírme, a carcajadas. Era una reverenda carnuda, pero ya no me importaba. Suelta de cuerpo echo a andar y no me detengo hasta llegar a la puerta y hundir el dedo en el timbre. Sale la asistente y sin hacer caso de sus gritos entro en la casa. En el salón está él y ella, desayunando, reponiendo fuerzas después de una noche agitada, como corresponde a los amantes. Nunca vi. el asombro tan bien retratado como en las caras de aquellos infames. Antes de que el muy cobarde pudiera reaccionar le estampé la bofetada más fenomenal que di y daré en mi vida en una cara de piedra.

—No te molestes en explicarme nada. Los finados no hablan y ustedes dos están bien muertos. Yo misma los maté ayer por la noche. Ah, para ti, perra calientacamas, un deseo: que vivas con él el resto de tu vida, con su mal aliento, sus ronquidos y su mal humor cuando no tiene una buena erección. En fin, te condeno a que veas su cara cada mañana, no la de amante sino la de marido; ese será tu peor castigo.

Un paso, dos pasos... Ya no tengo prisa. Voy en busca de las aguas del Río Sol, que huelen a agua florida de San Juan, mientras el sermón del viento caliente semeja decirme: no te detengas, camina, corre, gira, baila, sube, baja... Vive. Aún quedan cosas que tu mano anhela. Eres libre. Ya nunca más tendrás que esperar por él. Está muerto.

lunes, 2 de marzo de 2009

Aquella noche de San Juan - Capítulo 3

Era noche de San Juan, noche de hogueras, de fuego purificador. Tiré la inservible pistola y busqué el encendedor en el fondo del bolso. En el balcón ya no había nadie. Mejor así. Tratando de no hacer ruido junté una buena cantidad de ramas y hojas secas y con la misma inquebrantable decisión con que había empuñado el arma me dirigí al coche del traidor y las puse debajo del tanque de gasolina. Un chasquido, dos, y la hojarasca comienza a arder. Corro a esconderme en el bosque convencida de que ahora sí mi venganza será cumplida. En poco tiempo las llamas envuelven el coche que enseguida vuela por los aires con una gran explosión que alcanza a la casa, convertida en poco tiempo en una inmensa hoguera. Nadie salió de adentro. Misión cumplida.

—Ni el mismo San Juan hubiera soñado una hoguera semejante.

La voz me llegó desde el centro de mi cabeza, como un eco. Si era mi conciencia no pensaba hacerle caso. Pero no, la voz tenía dueña, y estaba frente a mí. ¿De dónde había salido aquella viejecita enlutada de la cabeza a los pies?

—¿Quién es usted y qué hace aquí?

—Lo mismo que tú, supongo, disfrutando de la noche de San Juan y de sus hogueras.

¿Hasta dónde había visto lo que yo terminaba de hacer? Ya tanto me daba. Mi vida pasada, presente y futura estaba consumiéndose en una gran hoguera que estaba tragándose por completo la casa de la pintora, con ella y mi amor infiel adentro. Aún así quise preguntar más por curiosidad que por otra cosa.

—¿Me va a denunciar?

—¿Y por qué tendría que denunciarte? ¿Acaso hiciste algo malo?— preguntó la vieja con más arrugas en la cara que estrellas en el cielo mientras soltaba una risa hueca y ácida.

Era tan irreal lo que me estaba sucediendo que por momentos pensé que todo era un sueño y que despertaría en cualquier momento. Pero la viejecita no me daba mucho tiempo a reflexionar, pues con toda naturalidad me cogió suavemente de un brazo y me condujo hasta un sendero por el que comenzó a caminar con habilidades de zarza, mientras yo la seguía como hipnotizada. De tanto en tanto volvía la vista atrás para ver la hoguera más grande que jamás hubiera visto.

Caminamos no sé cuánto tiempo. Podían ser diez minutos como diez años. Ya no veía el fuego. Nada de lo que me estaba sucediendo tenía sentido. Ni lo que terminaba de hacer ni tampoco que estuviera deambulando en medio de la noche con una ancian que jamás había visto. Un cansancio de muerte se apodera de mí. Pienso en mi cama, tibia, grande, acogedora y solitaria sin él.

—Ya llegamos —dijo de pronto la vieja—. Debes estar acostumbrada a casas mejores que la mía pero por esta noche te va a servir para descansar. Con el día todo se ve de otra manera.

Era una casa muy humilde, y se veía tan vieja como su dueña. La luna la bañaba por completo, dándole un aspecto de misteriosa soledad. A través de una pequeña y única ventana salía una suave luz. Con un ademán me invitó a entrar. Un antiguo lar, una cocina que había conocido mejores tiempos, un armario con algunos utensilios dentro, una mesa oscura con dos largos bancos, y poco más es lo que pude ver en mi desinterés.

—Te voy a hacer un té de hierba luisa que te va a ayudar a recomponer el espíritu, ya verás.

Dejé caer mi maltrecho cuerpo en uno de los bancos y cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriera estaría en mi cama despertándome de un mal sueño. Pero no, la voz de la vieja me sacó de mis cavilaciones y me trajo a la realidad con una taza llena de un delicioso líquido humeante y perfumado.

—Deja de pensar y toma el té. Dicen que por la noche de San Juan “se bebe vino y come pan”, pero vistas las circunstancias creo que la infusión te va a sentar mejor —me dijo desde el otro lado de la mesa mirándome con sus pequeños ojos risueños.

—Gracias... por todo. No sé qué hubiera sido de mí de no haberla encontrado. Su presencia me devolvió a una realidad que había perdido y que necesito para enfrentar el nuevo día y las consecuencias de esta noche tan extraña.

—El mundo es un espacio vivo habitado por la magia de los encuentros y desencuentros. Estoy feliz de que tú y yo nos cruzáramos esta noche. Mi madre siempre me decía que yo parecía haber nacido para zurcir destinos ajenos, y ya sabemos que las madres suelen tener razón.

Quizá fuera el té, quizá la voz balsámica de la anciana pero comencé a sentir una extraña calma que seguramente iba a necesitar para enfrentar mi destino. Él había pagado, y yo tendría que hacer lo mismo. Al levantar la vista de la taza me encontré con la cara arrugada de la anciana enlutada y con su mirada transparente que semejaba hablarme de cosas que yo no era capaz de entender.

—Ya está amaneciendo —dijo de pronto levantándose con una agilidad impensada a sus años, que debían ser muchos—. Sígueme que quizás el nuevo día tenga una sorpresa para ti.