Era noche de San Juan, noche de hogueras, de fuego purificador. Tiré la inservible pistola y busqué el encendedor en el fondo del bolso. En el balcón ya no había nadie. Mejor así. Tratando de no hacer ruido junté una buena cantidad de ramas y hojas secas y con la misma inquebrantable decisión con que había empuñado el arma me dirigí al coche del traidor y las puse debajo del tanque de gasolina. Un chasquido, dos, y la hojarasca comienza a arder. Corro a esconderme en el bosque convencida de que ahora sí mi venganza será cumplida. En poco tiempo las llamas envuelven el coche que enseguida vuela por los aires con una gran explosión que alcanza a la casa, convertida en poco tiempo en una inmensa hoguera. Nadie salió de adentro. Misión cumplida.
—Ni el mismo San Juan hubiera soñado una hoguera semejante.
La voz me llegó desde el centro de mi cabeza, como un eco. Si era mi conciencia no pensaba hacerle caso. Pero no, la voz tenía dueña, y estaba frente a mí. ¿De dónde había salido aquella viejecita enlutada de la cabeza a los pies?
—¿Quién es usted y qué hace aquí?
—Lo mismo que tú, supongo, disfrutando de la noche de San Juan y de sus hogueras.
¿Hasta dónde había visto lo que yo terminaba de hacer? Ya tanto me daba. Mi vida pasada, presente y futura estaba consumiéndose en una gran hoguera que estaba tragándose por completo la casa de la pintora, con ella y mi amor infiel adentro. Aún así quise preguntar más por curiosidad que por otra cosa.
—¿Me va a denunciar?
—¿Y por qué tendría que denunciarte? ¿Acaso hiciste algo malo?— preguntó la vieja con más arrugas en la cara que estrellas en el cielo mientras soltaba una risa hueca y ácida.
Era tan irreal lo que me estaba sucediendo que por momentos pensé que todo era un sueño y que despertaría en cualquier momento. Pero la viejecita no me daba mucho tiempo a reflexionar, pues con toda naturalidad me cogió suavemente de un brazo y me condujo hasta un sendero por el que comenzó a caminar con habilidades de zarza, mientras yo la seguía como hipnotizada. De tanto en tanto volvía la vista atrás para ver la hoguera más grande que jamás hubiera visto.
Caminamos no sé cuánto tiempo. Podían ser diez minutos como diez años. Ya no veía el fuego. Nada de lo que me estaba sucediendo tenía sentido. Ni lo que terminaba de hacer ni tampoco que estuviera deambulando en medio de la noche con una ancian que jamás había visto. Un cansancio de muerte se apodera de mí. Pienso en mi cama, tibia, grande, acogedora y solitaria sin él.
—Ya llegamos —dijo de pronto la vieja—. Debes estar acostumbrada a casas mejores que la mía pero por esta noche te va a servir para descansar. Con el día todo se ve de otra manera.
Era una casa muy humilde, y se veía tan vieja como su dueña. La luna la bañaba por completo, dándole un aspecto de misteriosa soledad. A través de una pequeña y única ventana salía una suave luz. Con un ademán me invitó a entrar. Un antiguo lar, una cocina que había conocido mejores tiempos, un armario con algunos utensilios dentro, una mesa oscura con dos largos bancos, y poco más es lo que pude ver en mi desinterés.
—Te voy a hacer un té de hierba luisa que te va a ayudar a recomponer el espíritu, ya verás.
Dejé caer mi maltrecho cuerpo en uno de los bancos y cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriera estaría en mi cama despertándome de un mal sueño. Pero no, la voz de la vieja me sacó de mis cavilaciones y me trajo a la realidad con una taza llena de un delicioso líquido humeante y perfumado.
—Deja de pensar y toma el té. Dicen que por la noche de San Juan “se bebe vino y come pan”, pero vistas las circunstancias creo que la infusión te va a sentar mejor —me dijo desde el otro lado de la mesa mirándome con sus pequeños ojos risueños.
—Gracias... por todo. No sé qué hubiera sido de mí de no haberla encontrado. Su presencia me devolvió a una realidad que había perdido y que necesito para enfrentar el nuevo día y las consecuencias de esta noche tan extraña.
—El mundo es un espacio vivo habitado por la magia de los encuentros y desencuentros. Estoy feliz de que tú y yo nos cruzáramos esta noche. Mi madre siempre me decía que yo parecía haber nacido para zurcir destinos ajenos, y ya sabemos que las madres suelen tener razón.
Quizá fuera el té, quizá la voz balsámica de la anciana pero comencé a sentir una extraña calma que seguramente iba a necesitar para enfrentar mi destino. Él había pagado, y yo tendría que hacer lo mismo. Al levantar la vista de la taza me encontré con la cara arrugada de la anciana enlutada y con su mirada transparente que semejaba hablarme de cosas que yo no era capaz de entender.
—Ya está amaneciendo —dijo de pronto levantándose con una agilidad impensada a sus años, que debían ser muchos—. Sígueme que quizás el nuevo día tenga una sorpresa para ti.
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