domingo, 22 de febrero de 2009

Aquella noche de San Juan - Capítulo 2

Inspiro con fruición el aire fresco que me bate en la cara intentando en vano calmar el corazón desbocado, cuando al fin veo las primeras casas del pueblo. Estoy llegando a mi objetivo, pero algo inesperado llama mi atención. En la encrucijada de caminos que veía a unos cien metros, varias figuras danzan alrededor de una hoguera que se retrata contra el cielo estrellado. Detengo el coche. No contaba con aquello. Entonces recuerdo que es la noche de San Juan. Debo cambiar de planes, ya que la gente de pueblo es muy curiosa y no le costará mucho recordar mi coche cogiendo por el camino que va hacia la casa de la pintora, como todos la llamaban.

A mi izquierda, un tupido bosque de pinos; a la derecha vislumbro un estrecho camino señalizado con un rudimentario cartel: “El Refugio”. Perfecto para aparcar el coche sin que nadie lo vea. Me voy adentrando en el bosque hasta que a poco de andar doy con un viejo merendero, solitario a aquellas horas. Es un buen lugar para dejar el coche.

Yo siempre fui bastante medrosa, sin embargo esta noche el miedo no tiene cabida en mí. Con la decisión de los convencidos cojo el bolso, bajo del coche y echo a andar bajo la brillante luz de la luna hacia la hoguera que se estira hacia el cielo en busca de libertad. Clara noche de San Juan, cómplice de mis desvelos, mira y esconde mi secreto.

Hago lo posible para evitar ser vista por la gente que rodea el fuego mientras me encamino hacia la última casa del pueblo, bien apartada de las demás. El aire huele a sardinas asadas, a romero y a hierba luisa, y hasta imagino que también huele a su perfume, que está dentro de mí y fuera de mí. Subo y subo por el pedregoso camino hasta que veo al fin la casa de la mujer que me robó el amor. Sentí un escalofrío. No me importaba nada de ella. Era él quien me debía por lo menos sinceridad. Pero ahora ya era tarde para rectificar.

El corazón bate con fuerza en mi pecho buscando el aire que le falta. No le hago caso hasta que llego a la frondosidad que rodea la casa. Una tenue luz se filtra a través de las cortinas de los amplios ventanales del primer piso. En la planta baja solo hay luz en la cocina. No se ve a nadie. Mejor. ¿Mejor? ¿Y si todo era una broma? ¿Y si él no estaba allí? ¿Y si no podía cumplir con mi propósito? Un sudor frío como la muerte brota de cada poro de mi piel. Siguiendo mi plan me deslizo cuidadosamente hacia la parte de atrás de la casa, donde aparcan los coches. Si él estaba allí, su coche debía estar a la vista pues el garaje era de una sola plaza.

Con una mano aparto los helechos y los tojos que se prenden de mí como si quisieran detenerme, mientras que con la otra sostengo fuerte y segura el bolso. Sigo caminando sin preocuparme por los jirones de pantalón que voy dejando atrás ni tampoco por las pequeñas heridas que van marcando mi piel, pues nada me puede doler más que mi corazón.

A medida que me voy acercando a la casa comienzo a escuchar el sonido de una música suave y melancólica entremezclada con unas voces apagadas que no podía identificar, hasta que ella rió con aquella risa estridente que la caracterizaba. Entonces comencé a temblar, como cuando era pequeña y me cogían en una mentira o en una travesura que todos los niños hacían, menos yo, porque era la buena de la familia, de una familia necesitada de buenos ejemplos. Mi cuerpo coge autonomía propia y se sacude como un barco en alta mar en medio de una tormenta. No puedo detenerme ni dejar de mirar el coche rojo, su coche, silencioso y traidor como él. Necesito sentarme. La tierra está húmeda. Quizá es mi sudor que la está regando.

Me siento superada por la situación, no tengo control ni siquiera de mi propio cuerpo. Entonces levanto la cabeza y me abandono a la liberadora inmensidad celestial, brillante de estrellas palpitantes como pequeños corazones acompasados con el mío. Busco ayuda y respuestas en ese cielo donde la luna semeja más pálida y desmesurada que nunca. Cúrame de él. Bórralo de mí, prepara algún conjuro que me permita no recordar nada que no tenga remedio. La voz de mi alma se mete en las grietas del silencio y allí queda desamparada.

No sé el tiempo que me llevó tranquilizarme lo suficiente como para seguir con el plan trazado. Como quien va hacia el patíbulo cojo el móvil y marco su número. ¿Un segundo, una eternidad? “Hola cielo, qué sorpresa. ¿No quedamos que yo te llamaba?”. Su voz, su profunda voz en mi oído y su cara, su pelo, sus ojos, sus labios asomándose al balcón de una casa que no es la nuestra. Estaba a unos 30 metros de él. Tan cerca y tan lejos. “Es que quería saber... de ti”. Entonces ella se le acerca por detrás y lo abraza silenciosa. Dios, ¡cuántas veces se habrá repetido esta escena y yo sin saber! “¿Pasa algo? Te escucho rara y mal”. Una tribu de palabras mutiladas busca asilo en mi garganta. Quisiera decirle tantas cosas, pero no puedo; quizá me había muerto aquella mañana y no lo sabía. El móvil cae al suelo con un ruido sordo. Ya no quiero escucharlo, nunca más. Meto la mano en el bolso y empuño con fuerza la pistola. Apunto. Un ligero temblor sacude mi mano. La vida juega con el ser que nunca fui... Respiro hondo buscando la calma que me falta. Él sigue en la ventana, con los brazos de ella alrededor de su cintura. Vuelvo a apuntar directo a su cabeza y pulso el dedo que aprieta el gatillo segura de que ahora no voy a errar, pero nada sucede. Una y otra vez aprieto el disparador, y nada.

La rabia y la impotencia me hacen caer de rodillas al suelo. ¡No podía fallar! Por mí y por todas las mujeres que en algún lugar del mundo, en ese preciso momento, se descubrían engañadas y traicionadas por el hombre que amaban.

Hasta el próximo capítulo!

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