“Aquella noche de San Juan” es un cuento que nos habla de infidelidad, traición, venganza, amor y desamor. Nada que esté ajeno a las relaciones humanas.
Sin embargo, en la noche de San Juan de la dulce y fantasmagórica tierra gallega, todo puede ocurrir. Eso se los puedo asegurar.
La luna, redonda, callada y gentil se mete entre los árboles que se elevan hacia el firmamento como una plegaria silenciosa y sombría. Soledad… Todo es silencio y soledad en la carretera que se retuerce por entre la fraga. También en mi corazón hay soledad, ese sentimiento inútil, sin destino, que me hace ver mi propia pequeñez, mi impotencia, hasta sentir que se me rompe el alma y solo él puede recoger los pedazos.
El telón de la noche se levanta despacio, como un suspiro. La función está por comenzar. Los actores se preparan sin saber que inesperadamente una de las protagonistas decidió cambiar el guión. ¡Sorpresa! Ya no habrá final feliz. Y no lo habrá porque la decepción, el despecho y el rencor machacan mis entrañas desde que comenzó el día y me mantienen al mando de mi coche sintiendo sin querer sentir, amando sin querer amar, odiando sin querer odiar.
Miedo, tengo miedo de mí esta noche, mas no lo puedo evitar, como tampoco puedo evitar el remolino de pensamientos que me nublan los ojos que no pueden llorar. Hecho en falta las lágrimas, porque ellas limpian el alma, barren los sollozos que no dejan respirar.
El destino, caprichoso destino que duerme en las rodillas inquietas de los dioses, esta noche tiene cita conmigo y también con él, que no sabe, que no imagina siquiera que más temprano o más tarde todo se paga.
¡Qué cansancio tengo en el alma! Sé que cuando termine esta larga noche dejaré de esperar por él, definitivamente. Estará fuera de mí para siempre. Entonces volveré a sentir la vida correr a través de mí como un río por su cauce liberador.
Adelante, el horizonte invisible, allí donde está él, engañándome, traicionándome. Ojalá la noche me regalara el poder de volver el tiempo atrás, tan solo unas horas atrás. Entonces no sabía. Ojalá su nombre se me borrase de pronto. Ojalá que mi piel no recordase aún sus dedos despertándola. Ojalá pudiera olvidar y olvidarlo y convertir el dolor en melancolía. Ojalá pudiera meter en el cajón de los recuerdos que ya no duelen las palabras duras, impiadosas, anónimas a través del teléfono.
“Durante el día juega al golf con los amigos, como te dijo, pero por la noche se mete en la cama de la ex mujer del socio. Esta noche que pasó estaba con ella mientras hablaba contigo. Tú la conoces y sabes donde vive, por si quieres comprobarlo. Aún te queda esta noche de domingo”.
Qué difícil creer en lo que no se quiere creer, sencillamente porque no se aguanta, porque rechazamos aquello que sabemos nos va a modificar el eje de nuestra vida. Ojalá no sintiera este rencor que se me instaló en las entrañas cuando aún su lugar en nuestra cama estaba tibio y su perfume a almendra y canela me mantenía con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.
Si por lo menos hubiese tenido la valentía de decírmelo; el dolor sería el mismo pero me sentiría menos engañada, si eso fuera posible. Quizás ahora estaría desangrándome en lágrimas y no en la carretera empujada por la cegadora luz de la venganza, que no me permite llorar. Ni una lágrima en mis ojos, porque todas se vaciaron en mi alma, ahogándola, quizá para matar tanto amor como allí había, y aún hay, por el hombre que habita en cada pliegue de mi cuerpo, en cada suspiro de mi alma, acostumbrada a volverse hacia él como un girasol, siempre hacia él.
El coche avanza monótono e implacable, como implacable es mi decisión. Miro mis manos, humildes proemios de un espíritu despedazado, y sin apartar los ojos de la carretera hundo la derecha en el bolso que descansa a mi lado, casi con lujuria, con perezosa lascivia acaricio el frío metal. Soy un animal herido, yo, que fui una rama suya, un reguero de su propia sangre, una brisa de sus suspiros. ¿Por qué la traición? ¿Por qué la humillación? ¿Por qué la hipocresía del amor?
“No me extrañes cariño; son tan solo dos días. Te hago un llamado a la hora de siempre para escuchar tu voz antes de dormir”. Y sus besos largos, húmedos, tibios, absolutos, cargados de ansiedades, síntesis de todas mis esperanzas. Sacudo la cabeza para ahuyentar los pensamientos. Ya no hay vuelta atrás. El traidor tiene que pagar. Ya falta poco. Conozco bien el camino. Tal vez cuando ella hizo la reunión para festejar la buena acogida que tuviera su exposición de pintura ya había algo entre ellos. Cuántos de aquellos invitados se habrán reído de mí entonces.
Con cada nuevo pensamiento hundo más el pie en el acelerador. A la derecha, una fila de luces marca el límite de la carretera con el monte, que resbala hacia el mar. Sin saber por qué pienso en mi madre. Si hubiera alguna manera de que pudiese verme desde el más allá ya no estaría tan orgullosa de mí, su hija buena y sumisa, siempre tolerante y comprensiva con todo el mundo. Ella me consagró como la buena de la familia, la que siempre hacía lo que los demás esperaban que hiciera. Y yo no los defraudé... hasta esta noche.
Hasta el próximo capítulo queridos amigos
Sin embargo, en la noche de San Juan de la dulce y fantasmagórica tierra gallega, todo puede ocurrir. Eso se los puedo asegurar.
La luna, redonda, callada y gentil se mete entre los árboles que se elevan hacia el firmamento como una plegaria silenciosa y sombría. Soledad… Todo es silencio y soledad en la carretera que se retuerce por entre la fraga. También en mi corazón hay soledad, ese sentimiento inútil, sin destino, que me hace ver mi propia pequeñez, mi impotencia, hasta sentir que se me rompe el alma y solo él puede recoger los pedazos.
El telón de la noche se levanta despacio, como un suspiro. La función está por comenzar. Los actores se preparan sin saber que inesperadamente una de las protagonistas decidió cambiar el guión. ¡Sorpresa! Ya no habrá final feliz. Y no lo habrá porque la decepción, el despecho y el rencor machacan mis entrañas desde que comenzó el día y me mantienen al mando de mi coche sintiendo sin querer sentir, amando sin querer amar, odiando sin querer odiar.
Miedo, tengo miedo de mí esta noche, mas no lo puedo evitar, como tampoco puedo evitar el remolino de pensamientos que me nublan los ojos que no pueden llorar. Hecho en falta las lágrimas, porque ellas limpian el alma, barren los sollozos que no dejan respirar.
El destino, caprichoso destino que duerme en las rodillas inquietas de los dioses, esta noche tiene cita conmigo y también con él, que no sabe, que no imagina siquiera que más temprano o más tarde todo se paga.
¡Qué cansancio tengo en el alma! Sé que cuando termine esta larga noche dejaré de esperar por él, definitivamente. Estará fuera de mí para siempre. Entonces volveré a sentir la vida correr a través de mí como un río por su cauce liberador.
Adelante, el horizonte invisible, allí donde está él, engañándome, traicionándome. Ojalá la noche me regalara el poder de volver el tiempo atrás, tan solo unas horas atrás. Entonces no sabía. Ojalá su nombre se me borrase de pronto. Ojalá que mi piel no recordase aún sus dedos despertándola. Ojalá pudiera olvidar y olvidarlo y convertir el dolor en melancolía. Ojalá pudiera meter en el cajón de los recuerdos que ya no duelen las palabras duras, impiadosas, anónimas a través del teléfono.
“Durante el día juega al golf con los amigos, como te dijo, pero por la noche se mete en la cama de la ex mujer del socio. Esta noche que pasó estaba con ella mientras hablaba contigo. Tú la conoces y sabes donde vive, por si quieres comprobarlo. Aún te queda esta noche de domingo”.
Qué difícil creer en lo que no se quiere creer, sencillamente porque no se aguanta, porque rechazamos aquello que sabemos nos va a modificar el eje de nuestra vida. Ojalá no sintiera este rencor que se me instaló en las entrañas cuando aún su lugar en nuestra cama estaba tibio y su perfume a almendra y canela me mantenía con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.
Si por lo menos hubiese tenido la valentía de decírmelo; el dolor sería el mismo pero me sentiría menos engañada, si eso fuera posible. Quizás ahora estaría desangrándome en lágrimas y no en la carretera empujada por la cegadora luz de la venganza, que no me permite llorar. Ni una lágrima en mis ojos, porque todas se vaciaron en mi alma, ahogándola, quizá para matar tanto amor como allí había, y aún hay, por el hombre que habita en cada pliegue de mi cuerpo, en cada suspiro de mi alma, acostumbrada a volverse hacia él como un girasol, siempre hacia él.
El coche avanza monótono e implacable, como implacable es mi decisión. Miro mis manos, humildes proemios de un espíritu despedazado, y sin apartar los ojos de la carretera hundo la derecha en el bolso que descansa a mi lado, casi con lujuria, con perezosa lascivia acaricio el frío metal. Soy un animal herido, yo, que fui una rama suya, un reguero de su propia sangre, una brisa de sus suspiros. ¿Por qué la traición? ¿Por qué la humillación? ¿Por qué la hipocresía del amor?
“No me extrañes cariño; son tan solo dos días. Te hago un llamado a la hora de siempre para escuchar tu voz antes de dormir”. Y sus besos largos, húmedos, tibios, absolutos, cargados de ansiedades, síntesis de todas mis esperanzas. Sacudo la cabeza para ahuyentar los pensamientos. Ya no hay vuelta atrás. El traidor tiene que pagar. Ya falta poco. Conozco bien el camino. Tal vez cuando ella hizo la reunión para festejar la buena acogida que tuviera su exposición de pintura ya había algo entre ellos. Cuántos de aquellos invitados se habrán reído de mí entonces.
Con cada nuevo pensamiento hundo más el pie en el acelerador. A la derecha, una fila de luces marca el límite de la carretera con el monte, que resbala hacia el mar. Sin saber por qué pienso en mi madre. Si hubiera alguna manera de que pudiese verme desde el más allá ya no estaría tan orgullosa de mí, su hija buena y sumisa, siempre tolerante y comprensiva con todo el mundo. Ella me consagró como la buena de la familia, la que siempre hacía lo que los demás esperaban que hiciera. Y yo no los defraudé... hasta esta noche.
Hasta el próximo capítulo queridos amigos
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